Algunos comentarios por la Izquierda sobre Trump y Chile

Donald Trump en la noche electoral en la ciudad de Nueva York. Fotografía de Eric Thayer/The New York Times.

La última elección de Estados Unidos debe ser, por lejos, una de las más mediáticas en el último tiempo. No sólo por el nivel (bajo) del discurso en términos de propuestas, sino que también el enorme despliegue de figuras y artistas que se sumaron para dar apoyo a los postulantes a la Casa Blanca.

En consonancia, parece justo, ya pasado algunos días, hacer las reflexiones necesarias sobre el asunto, y no porque estemos constantemente pendientes de lo que sucede en el “imperio” sino que, por el contario, por una necesidad casi básica de ser capaces de entender y proponer ante situaciones que todos, aseguraban, jamás sucederían.

En primer lugar, creo necesario comenzar diciendo que la continua proliferación de comentarios, principalmente en redes sociales, ha tomado, de una u otra forma, lo peor de los análisis o puntos de vistas. Por muchos lados, gente de las más variadas tendencias, han sostenido una especie de “deficiencia mental”, “flojera” o “conformismo” a los votantes del candidato republicano. Si bien, de alguna manera podemos entender la cólera que suscita esto (cosa igual rara estando tan lejos), no deja de llamar la atención.

Me parece que, continuar aseverando la “estupidez” de los votantes, como algo cierto (no sólo desde la incomprensión) es por lejos un lugar común que no nos da pie para intentar siquiera comprender el por qué en estados, aparentemente más progresistas, se vota al máximo exponente del pensamiento derechista.

Sobre esto último me parece una cuestión importante. A Trump no lo votó gente “estúpida” sino que, por el contrario, obreros blancos cansados de una cúpula demócrata que ha profetado de su condición en beneficio de los grandes conglomerados.

Detrás de la campaña de “Hillary” existían grandes magnates deseosos de beneficiar a la candidata del sector conservador de un partido que, otrora, se plantó de lado de los trabajadores.

En ese sentido, la posibilidad de entender el rechazo que generó en ciertos estados en los cuales la victoria debió haber sido holgada, estriba en que son justamente esos trabajadores los que, si bien en pasadas elecciones entregaron el apoyo a Obama, hoy se lo rechazaron a Clinton, principalmente, por una política nefasta del Partido Demócrata que ha borrado con el codo una alianza histórica que se forjó desde los años 30’s.

No obstante lo anterior, fácilmente podría pensarse de que el voto entonces fue en castigo a los Demócratas. Lejos de aquello, según han deslizado algunos analistas, el mismo voto fue en sí sincero, principalmente, puesto que aquellos mismos trabajadores, sindicalizados y de una larga tradición de lucha, fueron los mismos que se opusieron, en reiteradas ocasiones, a los proyectos de subcontratación en el extranjero y tratados que sólo beneficiaban a la clase dominante.

En consonancia con lo anterior, la continua política de beneficio a los sectores más acomodados fueron rompiendo una relación histórica que fue fácilmente capitalizada por el populismo de derecha neo-fascista de Donald Trump, en donde una incertidumbre por los empleos, la condición social, así como años de despolitización ideológica, llevaron a un voto por algo que les entregara más seguridad.

Podría parecer una contradicción, tomando en cuenta que son los mismos republicanos los que han ido desmantelando desde Ronald Reagan el “Estado de Bienestar” creado con el new deal. No obstante, la derechización de los sectores más “progresistas” del Partido Demócrata, dan cuenta de la inoperancia para poder generar una política consecuente que no fuera capitalizada por el discurso simplista.

Dicho lo anterior ¿qué tantas lecciones podemos sacar de aquello?

Una primera aproximación es que, si tomamos en cuenta el envión y la fuerza conseguida por Sanders durante las primarias, podemos observar que hay una suerte de descontento social que logró generar una adhesión no menor que, incluso, fue cooptada por Trump, aunque muchos se rieran cuando manifestó sus ganas de que esto fuera así.

Entonces, no es que Trump sea un social demócrata ni mucho menos, sin embargo, las condiciones sociales generadas por las sucesivas crisis, ocasionaron las obvias alternativas que pudieran crear más seguridad.

Y, sobre esto último, es que en Chile no estamos tan lejos. Esto, porque si queremos darnos la y “agrandarnos”, podríamos hacer la perfecta analogía que “La Nueva Mayoría” se asemeja al Partido Demócrata (entendiendo que este último es una gran coalición con muchas facciones).

La continua derechización del principal referente de la centro-izquierda, así como el abandono de ciertas políticas que demandan los sectores sociales y de trabajadores, llevan a que aquellas capas despolitizadas y pendulares, terminen siendo cooptadas por la derecha. Y esto no porque la clase media sea facha sino que, por el contrario, porque no hay una política consecuente que pueda cumplir sus demandas, por lo que termina víctima del miedo.

Con esto, no quiero hacer una apología de la Nueva Mayoría, todo lo contrario, mucho menos de la derecha. Lo que quiero expresar es que la falta de una política consecuente, termina con “payasos” como Trump, con discursos demagógicos, faltos de contenido, pero que en el fondo saben captar la atención de amplios sectores, cansados de malos servicios, pero también de políticas que puedan dar cuenta de una realidad concreta.

En este sentido, es que una izquierda real y transformadora, que apunte a cambiar las condiciones sociales para todas y todos, debe plantearse en este escenario de una continua derechización social que, contra todo pronóstico, ha logrado hacerse con los pequeñísimos bastiones que el “progrerío” se había hecho en el mundo y, lejos de tomarlos y dar solución la izquierda, como debería ser, los está tomando la derecha.

Esto debe hacernos reflexionar: ¿Cómo dejamos que esto suceda? Francamente, cada uno tendrá su respuesta, no obstante, sí es necesario que lejos del comentario de Facebook, seamos capaces de empezar a fraguar nuestro planteamiento real para salir a disputar una masa que muchas veces cae presa de la incertidumbre y que no es “mala” ni “estúpida”, sino que parte víctima, parte con necesidades reales, y que no debemos ser los que juzguen desde un podio elevado, sino ser capaces de ser una alternativa real, lejos de reformismos baratos y de apuestas institucionales facilistas, sino que, por el contrario, una alternativa a la izquierda y revolucionaria, capaz de dar cuenta con una solución.

Sólo así creo que podremos ser alternativa y, en ese momento, tal vez podamos estar seguros que no existirán más Donald Trump.

Columna de opinión escrita por Javier Fernández, vicepresidente del Centro de Estudiantes de Periodismo 2016.


Las opiniones vertidas en esta sección son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente el pensamiento ni la línea editorial de La Coyuntura.

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