Intercambio vs Yo

Fotografía de Amanda Morales

Hace casi dos meses comenzó uno de los mayores retos de mi vida: mi intercambio universitario a Santiago de Chile, viajar más de 8.000 kilómetros de distancia desde “la frontera fuerte de México”, Piedras Negras, Coahuila. El cual me hacía sentir nervios, euforia, curiosidad, felicidad, y un poco de miedo, al saber que podría ser la última vez que vea a mis seres queridos gracias a la simpática ejecutiva de ScotiaBank al preguntarme si en caso de mi muerte quería comprar un seguro para que mis padres obtuvieran una enorme cantidad de dinero. Claro tenía miedo de perderme en alguna calle de la inmensa capital, pero no al punto de pensar en mi muerte y esa noche, ¿saben qué fue lo que pensé? Que, si pasará, moriría muy feliz haciendo lo que más me gusta hacer… viajar, conocer personas y sentir la energía de nuevos lugares.

Isaac, Dani, Agus y yo en Géisers del Tatio, Chile. Fotografía de Amanda Morales

Pensaba en lo grandioso que sería estar lejos de casa, de viajar, estudiar periodismo en la Universidad de Santiago de Chile, conocer personas de distintos países y su cultura, de tener una nueva familia de jóvenes adultos entre otras aventuras que imaginaba. Pero nunca pensé en verdad lo difícil y el gran reto que conllevaría mí día a día para sobrevivir en otro país. ¡Es un estresante trabajo multiplicado por seis: limpiar, cocinar, lavar, tareas, las compras, salir y viajar!

Y si parecerá tonto las últimas dos pero como extranjera son las más importantes y esenciales por el cual estamos aquí, conocer una nueva cultura y sus alrededores.  Jamás imaginé que en mi primera semana me robarían mi celular ni que tendríamos una lucha constante todos los días contra el ogro de mi roomie, que intentaría corrernos y gritarnos continuamente a mis compañeras y a mí por no cuidarlo como su mamá lo haría. ¡Ni que estaría a punto de no poder realizar un proyecto a falta de celular ni cámara! Fui tan tonta al no traer mi cámara pensando en la buena calidad que tiene el iPhone 7.

Comprobé que mis primeros días estarían malditos cuando mi tarjeta se bloqueó en un fin de semana y ahí fue cuando supe que casi ningún local abría sábados y domingos en el centro de Santiago. Así que tuve que esperar para poder encontrar una cabina telefónica abierta (para marcar a ScotiaBank y desbloquearán mi cuenta), recorriendo el Cerro Santa Lucía y otros lugares sin teléfono ni dinero, tomando fotografías mentales.

Ski Colorado. Fotografía de Amanda Morales

Hasta que por fin mi primer día de suerte y rebeldía llego, era mi segundo viernes en Santiago y mi primera falta a la universidad. Gracias a eso sané una de las tantas tragedias que me sucedían. Estaba parada en uno de los paisajes más asombrosos que he visto en mi vida, parecía de ensueño pues solamente en fotografías y videos lo había visto. Repleto de nieve y una inmensa cordillera enfrente de mí, mi primera vez en la nieve y esquiando, ¡si estaba en la cima de Los Andes! Un lugar soñado por mí junto con el Everest. La energía de ese lugar fue tan pura y única que un día de estos volveré a ir.

Mi segunda aventura por fin llegó, cada vez me gusta más Chile pues en fiestas patrias de México solo nos permiten un día libre y no una semana entera. Mi primera oportunidad de viajar lejos llegó, en mi primer mes y ocho días comenzó mi recorrido al norte de Chile: La Serena, el Valle del Elqui y el Desierto de Atacama.  Fueron una ardua, difícil y muy divertida experiencia personal acompañada de humanos que pasaban por la misma aventura que yo (estudiantes de intercambio).

Después mi recorrido terminó con un tour de cuatro días por la Reserva Nacional de Bolivia, nunca había visto lagunas rosas ni flamencos, vicuñas o alpacas, mucho menos un desierto de sal (que suerte conocer el más grande del mundo). Jamás imaginé que un día terminaría comiendo carne de llama que por cierto tiene un sabor exquisito.

Laguna Colorada, Bolivia. Fotografía de Amanda Morales

Conocer la región andina me recordó aquel tatuaje de una chica que me explicaba por qué decidió hacerse la palabra inefable, no poder describir algo, solo sentirlo, así ella anhelaba que sea su vida. Ahora no solo se su significado, vivo esta increíble situación.

La universidad, mi familia postiza, mis amigos, mis profesores, el foro, las fiestas, Bellavista, los Andes, los géisers, Bolivia, Chile se han ganado mi cariño y aunque aún me falten dos meses más por regresar a México sé que aprovecharé este corto tiempo para conocer Mendoza, Argentina y La Patagonia… pero lo más importante amigos, amigos de verdad como mi perris de Mendoza, Agustina que ya me prometió ir conmigo el próximo año al Festival de Boca de Iguanas en Jalisco, Mx y claro que acepté su invitación para conocer su ciudad, solo espero con ansias para entregar el ticket de autobús al chofer. Esas amistades especiales que pareciera que hace años que los conoces y te demuestran lo especial que son, esas amistades sin duda es lo mejor que me llevo a mi pueblo y a donde quiera que vaya por siempre.