Mozart revive en el Aula Magna

La Orquesta Clásica Usach junto al director Rodolfo Saglimbeni

Iban a ser las siete de la tarde del día miércoles y ya varias personas estaban agolpadas esperando que las puertas del Aula Magna se abrieran. Señores con cara de distinguidos, señoras de edad con sombreros de alta alcurnia, los niños con sus papás y, por supuesto, los usachinos infaltables. Todos ellos esperando disfrutar de un concierto de música clásica.

“Adelante, adelante, pasen y sean bienvenidos”, anunció el portero. Se abrieron las puertas por fin, y toda la gente transitó serena por el piso de alfombra roja y cálida de la gran Aula  Magna.

Unos candelabros majestuosos colgaban del techo, luces violetas iluminaban el escenario, las sillas combinaban con el piso, la gente en sus lugares: todo listo y perfecto.

Cinco minutos faltaban para las siete y los músicos estaban en sus respectivos lugares practicando antes de la presentación. Un desorden musical, eso se escuchaba: violines para acá, oboes para allá y un sin número de instrumentos alborotados.

Siete en punto: todos los miembros de la Orquesta Clásica Usach estaban listos para empezar, sólo faltaba el invitado estrella.

De pronto, el venezolano Rodolfo Saglimbeni, director de orquesta invitado, entró triunfante y se paseó por el escenario recibido por una muchedumbre de aplausos. Cómo no, si se diplomó en la Real Academia de Música de Londres, y con una amplia trayectoria ha dirigido numerosas orquestas en distintos países. Era sólo eso, aplausos y aplausos para el dueño de varios premios y galardones musicales de prestigio.

Luego, todo fue silencio. Saglimbeni, frente a los músicos, subió delicadamente su brazo izquierdo y una mágica melodía sacudió el ambiente. Sonaba “Masques et Bergamasques” del gran compositor Gabriel Fauré. Una melodía que trasportaba a la audiencia al pasado, al son de los violines románticos. La gente estaba sumida en la tranquilidad, los músicos acariciaban los instrumentos cuál fuese un alma viva. Era todo un espectáculo de otros siglos.

Pasaron los minutos volando y la melodía llegaba a su fin. Fauré era despedido con un gran aplauso, y Saglimbeni gozaba en la gloria de las aclamaciones. “Este sí que es un buen director, Él sí que sabe de música”, decía una anciana emocionada.

Una pausa de descanso para los músicos que se retiraban poco a poco de sus lugares, ya venía lo mejor. Quince minutos pasaron, todos los músicos estaban en sus puestos y la gente ya esperaba con ansias al otro invitado de honor. “Silencio, silencio que ya viene”, comentaba la audiencia.

Entró por un costado Saglimbeni y un joven de cabellos rizados, acompañados los dos por múltiples aplausos. Se trataba de Diego Zambrano y su instrumento en mano, un oboe brilloso y singular. A los doce años empezó su gusto por la música, estudió después en la Universidad de Chile y actualmente se encuentra en la Universidad Mayor. No es todo, el muchacho de cabellos rizados ha participado en múltiples conciertos como solista y se ha ganado con creces la admiración de su público.

El director invitado dio la orden, los violines comenzaron a cantar. Zambrano irrumpió con su oboe mágico, la melodía era disfrutada por todos y los instrumentos se complementaban a la perfección. Con sus pulmones de acero, el joven de rizos conquistaba a su audiencia interpretando una pieza de Bach. La gente se trasladaba a los años de Romeo y Julieta, no era necesaria una máquina del tiempo.

Media hora pasó aproximadamente y la música cesó. Las manos se acoplaron exaltadas aplaudiendo, pasaban los minutos y los aplausos seguían. Zambrano sonreía emocionado por la ovación del público.

Un segundo descanso para los músicos, Zambrano, Saglimbeni y los miembros de la orquesta se retiraban: el concierto estaba próximo a terminar. Todos en sus puestos, Saglimbeni en el escenario, el público esperaba con ganas escuchar otra gran obra musical.

Comenzó a sonar la “Sinfonía Nº 29” de Mozart, que revivió en el escenario, caminando entre las notas musicales de los instrumentos. Se respiraba un aire de relajación, los niños estaban pendientes de lo que pasaba. Saglimbeni movía sus brazos, parecía estar poseído por Mozart, todo era una completa maravilla.

Pasando los minutos, la presentación llegaba a su fin. Los músicos de la  orquesta y Saglimbeni daban una reverencia, despidiéndose entre una muchedumbre de aplausos y halagos del público. Nadie quería marcharse, sin embargo de a poco los señores con cara de distinguidos, las señoras de edad con sombreros de alta alcurnia, los niños con sus papás y los usachinos infaltables, comenzaron a abandonar sus puestos y salir por las puertas del Aula Magna.

“Bajen por ahí, yo le digo a Rodolfo Saglimbeni que lo quieren entrevistar”, nos dijo Rodrigo Díaz, el Coordinador General de Elencos. Adentrándonos en el camarín de los maestros, el ambiente era de felicidad y pareciera que estaban conformes con la reciente presentación. Díaz cruzó un par de palabras con Saglimbeni, “Son de La Coyuntura, un medio periodístico de la Universidad, quieren hablar con usted”.

El Director de orquesta, con su alegre acento venezolano, se refirió sobre su experiencia en el país: “Tengo buenos amigos acá, se hace muy buena música en Chile. Es un país que siempre me ha ofrecido un lugar donde puedo hacer buena música, con buena gente, con mucha seriedad, con un hermoso público”.  

Habló también sobre el desempeño de la orquesta de la Universidad: “Hace dos semanas que estábamos ensayando con los miembros de la orquesta, y desde el primer día el trabajo fue todo muy serio, muy entregado, con mucho profesionalismo. Un nivel realmente muy alto, unas de las mejores orquestas, seguro de Latinoamérica”

Por último, entregó un mensaje a los estudiantes de la Universidad de Santiago: “Sean todos bienvenidos a nuestros conciertos”.

No podía faltar una entrevista con Diego Zambrano, el joven de los rizos y el oboe: “Es una experiencia única, es impresionante poder compartir con tanta gente una música tan bonita, que no se acostumbra a hacer siempre. Eso es lo que más me emociona, el poder entregarle eso al público en general. La gente es respetuosa, te escucha y le gusta lo que uno hace. Todo ese conjunto de emociones te hace sentir en el cielo”, sostuvo Diego Zambrano, con su oboe en mano.

Saliendo de los camarines, ya casi no había gente en los alrededores del Aula magna. Afuera hacía frío y pareciera que Fauré, Bach y Mozart estuviesen aún presentes, rondando por la EAO, por el patio de los perros o por el patio de los naranjos…

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