Músicos en el metro: nómades por elección

Desde raperos hasta cantantes de ópera utilizan este medio de transporte para hacer sus espectáculos. Fotografía de El Mostrador.

Con el paso del tiempo los viajes en el metro han cambiado su sentido. Atrás quedaron los trayectos monótonos, pues actualmente los vagones se han repletado de diversos artistas que despliegan todo su talento para dotarlos de movimiento y energía. La música se ha arraigado dentro de la idiosincrasia chilena como parte infaltable de los viajes del metro.

Desde raperos hasta cantantes de ópera utilizan este medio de transporte para hacer sus espectáculos, y es que los vagones del metro no discriminan por el estilo de música.

Zapatillas Nike, pantalones apitillados, de esos que usa el mismísimo Justin Bieber, pero arremangados, banano Doite, polera simple ―algo grande para un joven tan delgado― y un cabello largo amarrado con una cola baja. A primera vista, Marcelo Muñoz, un joven de 29 años, es sencillo y austero, a segunda un joven hippie lais. Por sencillas y usadas que estén sus prendas, son todas de marca.

Arrienda solo un departamento en Talagante hace un par de meses. Dice que no le gusta el compromiso y que ojalá no tener hijos nunca. Pero, ¿cómo costea su solitaria vida?

Muñoz es uno de los tantos músicos que realizan sus shows en los vagones del metro de Santiago. Él toca el acordeón.

“¿Cómo empecé? Mi ex pareja trabaja tocando en el metro, y comencé a tocar con ella. Ahí conocí el acordeón y no paré de tocar. Caché que se ganaba plata, y aparte me gusta”.

Errante y antisistema

Al parecer nada mal les va a estos artistas, pues Marcelo Muñoz asegura que quiere seguir subsistiendo en base a tocar en los vagones y que, incluso, quiere ampliar sus conocimientos musicales para incorporar a su show otros instrumentos. Agrega: “No puedo decir cuánto gano, es un secreto, pero me va bien”.

Marcelo Muñoz trabaja como músico en el Metro de Santiago. Su abuelo es el mismísimo Tito Fernández. Fotografía de Javiera Acuña.

Un poco risueño admite que, al ser su propio jefe, le cuesta ponerse horarios fijos, pero que debe obligarse a trabajar todos los días, aunque sea una hora.

“A veces trabajo ocho horas, a veces una. Por ejemplo, cuando tengo que pagar el arriendo trabajo todo el día”, comenta.

¿Qué historia queda atrás al iniciarse en este rubro? Marcelo Muñoz estudió hace cinco años psicología en la Universidad Academia de Humanismo Cristiano, carrera que no terminó por motivos que prefiere no mencionar.

Con un tono calmado cuenta que habla inglés, portugués, español, y que actualmente está incursionando en el francés.

Viajero innato: nació en Chile, pero prontamente fue llevado a Sudáfrica, donde permaneció hasta sus cinco años, edad en la que retornó a Chile hasta su adolescencia cuando, nuevamente, se mudó a Sudáfrica por dos años y medio más.

Además, ha viajado a Brasil y Argentina. “Cuando viajo también toco para ganar plata allá”, señala Muñoz, a la vez que agrega: “toco vals de cualquier parte del mundo: venezolano, chileno, europeo, como más Yann Tiersen se podría decir, ¿cachai?

No toda su vida estuvo ligado al estilo musical europeo. Desde pequeño se ha rodeado de músicos, además de crecer viendo a su madre y tío cantar, su abuelo es el mismísimo Tito Fernández, más conocido como El Temucano.

“Soy un poco reacio al folklore, yo creo que, porque en mi infancia me vi saturado de ese estilo”, confiesa.

Entre sonrisas, Muñoz cuenta que desde pequeño fue llevado a ver los espectáculos de su abuelo. Señala: “Yo creo que por ahí se fue dando el gusto musical, imposible no tenerlo”.

Su gusto por la música se potenció aún más por su parte paterna. Marcelo Muñoz dice que desde que era pequeño su padre ha vivido en Sudáfrica, pues allá tiene trabajo como profesor de violín en una universidad y además como director de una orquesta.

Así fue como Muñoz comenzó a aprender guitarra durante su enseñanza media y posteriormente acordeón, a sus 24 años. ¿Cómo aprendió? De forma autodidacta. “Aprendí de forma autodidacta porque considero que el arte debería ser así y no privatizada. Es algo innato que todos podemos desarrollar”, señala.

Marcelo Muñoz es un fiel creyente de que el mundo es injusto y está mal hecho, sobre todo Chile, el país del pitutismo, como le llama él. Sentado junto a su acordeón adornado con un sticker que dice: “No+AFP”, asegura que quiere aprender idiomas, y que lamentablemente lo hará formalmente, porque de no ser así, no le reconocerán nada.

Si bien no sabe qué pasará en el futuro, sí sabe que le gusta moverse de un lado a otro, como lo ha hecho toda su vida. Dice: “En algún momento voy a tener que irme de acá”. Agradecido de su público chileno, confieza que siente curiosidad por conocer nuevas culturas.

“Acá en Chile si uno mira a la gente a los ojos es como: ‘¿qué onda este loco?’. La gente casi nunca aplaude, excepto los niños, que son personas que no tienen miedo ni vergüenza, y bueno los extranjeros, que tienen otra cultura”.

Agrega: “Igual me ha pasado que la gente se emocione y se ponga a llorar… y bueno, he pinchado con miles de chiquillas” (ríe).

Si de calificar su estilo de vida se trata, Marcelo Muñoz asegura que es un poco errante y un poco antisistema.

“Soy de querer romper con las reglas, ir más allá de lo establecido por la sociedad”.

Un sueldo bastante decente

En los últimos años el sistema de transporte santiaguino ha sido testigo del aumento de muchos “Marcelos” que se dedican únicamente a la música en el metro para subsistir. 

El aumento del peso de valores populares y la pérdida de ritualidad de ciertos espacios públicos son parte de la eclosión de esta tendencia, explica Alberto Mayol, sociólogo de la Universidad de Chile, con DEA en Teoría Sociológica en la Universidad Complutense en Madrid.

Mayol señala además que el mismo Transantiago fomentó el escenario, pues su fracaso cuestiona el sistema normativo de la operación cotidiana en Metro y micros.

Es el primer día de diciembre del 2016. El pronóstico anuncia que será un jueves con ni más ni menos que 31 grados Celsius, pero nada frena a Carlos (45 años) en lo que es su clásica jornada laboral.

19.15 horas de la tarde. El vagón ―un poco lleno―  de la línea uno del Metro de Santiago se desplaza desde la estación Unión Latinoamericana hacia la estación República. Un hombre sudoroso vestido de camiseta roja, unos jeans gastados y zapatos de cuero café que denotan bastante uso, comienza a tocar su guitarra y a cantar “La danza de las libélulas”, de Manuel García. Su voz es amplificada en todo el vagón gracias a su pequeño pero poderoso parlante con ruedas, y su micrófono inalámbrico facial.

Al terminar la canción se baja en Los Héroes para dirigirse al cambio de andén y ejecutar otro show en dirección San Pablo.

En un comienzo se muestra reacio a contar de sí mismo. Tímido, serio y desconfiado, Carlos comienza a hablar. ¿Se puede saber el apellido?

“No”.

Seis horas le bastan a Carlos para retornar con 60 mil pesos a su departamento ubicado en Quinta Normal. Fotografía de Josefa Izquierdo.

Pasan los minutos y Carlos de a poco deja atrás la incredulidad, dice que prefiere no dar detalles familiares ni de su infancia, pero sí accede a contar que creció sólo con sus padres, y que estudió hasta cuarto medio, en el Liceo Industrial Miguel Aylwin Gajardo.

“Yo tenía mi trabajo que no era malo, pero viajaba mucho y estaba aburrido, aparte siempre tocaba en pubs. Un día dije: ‘voy a probar en el metro’, y me di cuenta de que no es malo”.

Carlos asevera que es feliz trabajando como músico en el metro, pues la gente lo recibe muy bien. Nunca le han pedido silencio o dicho alguna mala palabra.

“Yo toco de todo, depende la gente. Veo las caras de la gente, o depende de mi ánimo para ver qué toco, varía entre música chilena, folklore, y música romántica”, señala.

Seis horas le bastan a Carlos para retornar con 60 mil pesos a su departamento ubicado en Quinta Normal. Vive con su pareja, quien atiende un negocio, y dice que quieren tener un hijo.

¿Es rentable mantener a un hijo trabajando como músico? Carlos no lo piensa ni un segundo antes de decir un apresurado “sí”, mientras se pasa el antebrazo por la sudada frente. Señala:

“Si, porque si sacas cuentas, 60 por 5 son 300, y 300 por 4 son 1.200.000 mil pesos, un sueldo bastante decente”.

Carlos lleva dos años cantando en el metro y cuenta que se proyecta en esta labor, pues gana bastante dinero y de forma relativamente regular. Dice ser más feliz actualmente que en todos sus años laborales anteriores.

De la curiosidad al arraigo

Tocando una música del soundtrack de Amelie, completamente de negro, estilo skater y cabello largo se encontraba Sebastián Aliaga, un joven de 22 años, estudiante de Ingeniería Electrónica en el Inacap.

Aliaga había trabajado anteriormente como vendedor part time en Casa Royal, donde ganaba entre 18 mil y 21 mil pesos por día, pero este estilo de trabajo no era compatible con su espíritu artista, como él le llama.

Actualmente lleva un año y medio tocando un acordeón de 26 teclas y 48 bajos en los vagones del metro, asegura que es entretenido, pues la gente se impresiona y a los niños les gusta mucho. Además, señala que con invertir sólo dos horas al día puede ganar 20 mil pesos.

Con un suave y risueño tono de voz relata su primera experiencia tocando en el metro.

“Comencé por curiosidad, tenía hace sólo tres meses el acordeón y me sabía un par de canciones. El primer día volví a mi casa con 32 mil pesos”.

Sabías qué…

Metro de Santiago comenzó un programa llamado “Música a un metro”. La empresa realizará un concurso para entregar licencias a cantantes o músicos para que puedan tocar en un lugar, día y hora definida.

El proyecto iniciará en agosto del 2017, los sesenta ganadores podrán tocar en estaciones de la red, y los músicos que tengan mayor aprobación del público podrán grabar duetos con artistas famosos. Además, el ganador podrá grabar un disco.

Aliaga se inició en la música el 2011, tocaba la armónica. Asegura que fue una buena herramienta para desarrollar su oído musical, pues es capaz de sacar canciones en cosa de minutos cuando de armónica se trata.

Fue años después de salir del colegio cuando se encontró con un nuevo instrumento: el acordeón. Se trataba de una herencia de su abuelo quien, a pesar de haber tocado toda su vida, nunca instruyó a su nieto en este instrumento.

Y es que ser músico en el metro no sólo es entretenido, como asegura Sebastián Aliaga, sino que también es una fuente de ingresos que requiere poco tiempo y que es compatible con sus estudios superiores.

¿Entregar la vida a la música? Aliaga no lo tiene claro, en sus planes está terminar su carrera y seguir haciendo sus shows en el metro. Pero a la hora de decidir entre ejercer por completo su profesión de ingeniero, o mantenerse como músico, el joven mira hacia arriba con cara de completa confusión y agrega: “no me hagan responder preguntas difíciles”, y ríe.

De momento sólo sabe que su madre, su abuela y sus hermanas (9 y 17 años), lo apoyan por completo en su actividad y que comparte el gusto por la música con su hermana menor.

“Ahora los únicos músicos de la familia somos mi hermana de nueve años, y yo. Ella es tecladista y percusionista, yo, acordeonista, tecladista, armonicista, percusionista y flautista” (Risas).

Sebastián Aliaga está completamente inmerso en su espectáculo, señala que hay veces en las que también hace shows con metalófono y acordeón al mismo tiempo, para darle nuevos aires a su espectáculo. Dentro de los estilos que lo inspiran está el vals francés, música clásica, instrumental moderna y música de videojuegos.

Juntos contra la adversidad

Este año, Metro lanzó un proyecto que pretendía acabar con la irregularidad de estos músicos, los cuales no están permitidos. La iniciativa, llamada “Música a un Metro”, consiste en darle a 40 artistas seleccionados un lugar definido, diseñado únicamente para ellos en distintas estaciones con el fin de que den a conocer su talento.

Pese a que esta iniciativa entró en vigencia durante el mes de agosto, ésta no ha logrado apaciguar la potencia de esta nueva tendencia musical.

Alberto Mayol señala al respecto que la campaña de Metro es un esfuerzo de promover y regular, pero que, sin embargo, tiene el defecto de no ser realmente una política, sino una simple medida que otorga el espacio según calidad, lo que nuevamente sitúa a la institución frente al imposible de seleccionar.

Además, Mayol señala: “Creo que la idea de hacer algo al respecto es correcta, pero nada más, pues esta iniciativa no suprime el problema de manera efectiva”.

Carlos, en su calidad de músico sin autorización, señala que no pretende dejar de tocar, aunque no esté autorizado, no les teme a los posibles partes. Aunque varias veces lo han multado, desconoce el monto de éstos.

“No sé, nunca lo he pagado. Lo que pasa es que es un parte mal pasado, porque tú lo vas a pagar y ni tienen idea de cómo cobrarlo”.

Muy por el contrario, cuenta que cuando se encuentra con un guardia de Metro en medio de un show, toma todas sus pertenencias y sale corriendo. Añade: “Cuando está la policía te pasan el parte”.

Marcelo Muñoz asegura que los carabineros abusan de todos los músicos del Metro al ser plata fácil. “Sin embargo no hacen nada con la delincuencia”, agrega Muñoz.

También concuerda con su colega, Carlos, en la decisión de evadir el pago de sus multas. Argumenta que es fácil deshacerse de éstas yendo a apelar para la suspensión de esta multa.

“Hay guardias que se creen el cuento de “súper guardia” y te humillan, que poco más que uno es una basura, pero da lo mismo, yo no los pesco. Por otro lado, hay otros guardias que son súper buena onda que me dicen que valoran mi trabajo, pero me hacen pagar mi pasaje de nuevo, y se acaba el problema.

La experiencia de Sebastián es distinta, pues nunca le han impartido un parte, sin embargo, comparte el estado de alerta ante la aparición de un guardia o la presencia de carabineros. Añade:

“Mi mamá al principio tenía miedo de que me llevaran detenido (ríe), pero con el tiempo he visto que eso es casi imposible, de hecho, son muchos los músicos que incluso cuando les pasan un parte, no los pagan, porque saben que no queda en nada”.

A pesar de las adversidades que estos músicos vivencian en su cotidianeidad laboral, y el rechazo que puedan tener en ciertos sectores, Alberto Mayol defiende en cierta medida la existencia de estos personajes como un aporte a la cultura en la sociedad.

“Las expresiones populares son una dimensión de la cultura y efectivamente su ejercicio regular la fomenta. No hay que exagerar, pues se trata de un fomento muy básico, ya que son músicos que normalmente versionan temas populares en el mundo radial y no están usualmente asociados a creación. Por lo demás, el público es tratado de un modo genérico y estandarizado”, señala.

Una postura muy diferente es la que expresa el Magíster en Economía Monetaria de la Universidad de Glasgow, Escocia e Ingeniero Comercial Universidad de Concepción, Guillermo Pattillo.

“No son un aporte para la sociedad, en los países avanzados estos artistas tienen su espacio acotado en el metro, donde no molestan a nadie. Acá tenemos a personas que sólo meten ruido y que no pagan ninguna clase de impuesto y que operan sin permiso”.

Aunque las posturas y opiniones sean variadas, lo cierto es que aún no existe algún método legal eficiente para frenar esta actividad. Mientras no haya alguna regulación, estos músicos seguirán realizando sus espectáculos, pues se encuentran cómodos y conformes con su trabajo.

El otro lado de la moneda

No todo es riesgo y música al margen de la legalidad. También existen momentos rescatables que han contribuido a más de alguna persona a salir de la rutina, sea positiva o negativamente.

Sebastián Aliaga recuerda entre risas una vez, que un anciano interrumpió su show para pedirle música “más movida”, para luego comenzar a bailar. Cuenta que en ese show causó tanta simpatía en su público que se bajó del vagón con 18 mil pesos tras sólo nueve minutos de espectáculo. Aliaga comenta:

“La gente reía mucho, sacaba a bailar a las señoras mientras yo tocaba y muchas personas grababan”.

Carlos, por su parte, relata cuando un hombre descubrió su talento en uno de los tantos shows que realiza en el metro, y le pidió que le hiciera una serenata a su pareja, con quien estaba peleado.

Cuando llegó al lugar de trabajo de la mujer que había dejado al hombre, la mujer tuvo una reacción poco esperada. Carlos narra:

“Ella al verme me dijo: ‘¿quién te mandó?’ Yo le dije: ‘no sé, me mandaron’. A lo que me contestó: ‘dígale a la persona que no me moleste más en mi trabajo’.

Hasta que esto muera

Marcelo Muñoz asegura que está consciente de que en el futuro su rubro puede llegar a su fin si es que aparecen nuevas regulaciones de la actividad, de carácter más efectivo.

Mientras no exista regulación estos artistas seguirán acompañando los viajes de miles de chilenos que viajan en el metro. Muñoz dice:

“Hay que aprovechar hasta que esto muera. Yo con esto subsisto y soy feliz, además me da la posibilidad económica y temporal de continuar mis estudios”.


Reportaje realizado por Javiera Acuña y Josefa Izquierdo, estudiantes de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Santiago de Chile. 

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