No somos el adorno de la izquierda

Hace rato vengo observando algo que me enoja, enerva, decepciona; pero al mismo tiempo me dan más ganas de luchar.

Históricamente, y desde hace ya tres siglos, las mujeres han luchado por sus derechos desde distintos frentes: liberales en un inicio, lo cual se vio en la Revolución Francesa, pero con el tiempo estas luchas se fueron complejizando y volviendo cada vez más heterogéneas. Como por ejemplo las luchas sufragistas, anarcofeministas, feministas de clase, feministas de la igualdad, feministas de la diferencia, feministas posmodernas, etc. Cada una de ellas ha dado una lucha importante, y nos han hecho avanzar o cambiar la realidad poco a poco. Unas más críticas que otras, pero feministas al fin y al cabo.

Lo que me convoca ahora, es el hecho de que desde hace un par de años hemos ganado espacio en la izquierda y logrado instalar cosas importantes como el cambio del lenguaje, el sensibilizar más sobre el tema del aborto y el acoso callejero, incluso instalar el debate sobre el machismo al interior de la izquierda. Pero aun así, y considerando que ahora casi todos los sectores se auto califican de feministas, no puedo negar la instrumentalización de este discurso en función de ampliar el público al cual desean llegar. Podemos ver a un conjunto de partidos o colectivos políticos que día a día reproducen los elementos más nefastos y violentos del machismo, pero que aun así se hacen llamar feministas. ¿No será eso un oportunismo político? ¿No será que se vuelven feministas por conveniencia? ¿No será que necesitan del feminismo ahora que nosotras avanzamos y logramos poner en debate público estos temas? Disculpen todo mi escepticismo y resquemores políticos, pero me nacen ahora, ya que la cuestión parece más moda que convencimiento moral y práctico.

Compañeros de izquierda –yo igual me enmarco dentro de esa categoría–, no sólo se trata de decir “yo soy feminista” o enunciar qué cosas están mal y cuáles no; el ser feminista comprende un convencimiento y compromiso total; significa una concepción moral del mundo y de la vida, por lo que esto debe ser una praxis y deconstrucción constante. Ya no se trata sólo hablar del aborto, sino también de cuestionar los privilegios masculinos y heterosexuales; se trata de denunciar, cuestionar y renunciar en su totalidad a la dictadura heterosexual. Me disculparán, pero al no renunciar a estos privilegios, sólo contribuye a la reproducción del Patriarcado. Y para el que no me entendió, no les estoy diciendo que cambien de orientación sexual y se hagan homosexuales o que cambien de identidad de género. Les estoy planteando que abandonen los roles de género asignados históricamente, porque el cuestionar el heteropatriarcado va más allá de los genitales que te atraigan –de hecho, el mundo está lleno de homosexuales con prácticas profundamente heterosexuales–.

Y compañeros de izquierda, he visto cómo se aprovechan de estas demandas sin cuestionarse estos privilegios y vemos cómo nos crean espacios para que nos desenvolvamos: vocalías, ministerios, comisiones, secretarías, brazos del partido que tienen un enfoque feminista. Es como si crearan plataformas para que se traten temas de “fletas” y minas. Y no les estoy diciendo que no existan éstos, sino que aquellos lugares deberían estar a la par de cualquier otro espectro organizativo, en donde las demandas del feminismo no sean vistas como temas secundarios o poco urgentes. Estamos chatas de esa izquierda panfletaria en la cual las mujeres, las colas, lelas, trans y diversidades en general sólo somos un adorno. Estamos cansadas de ser las colas y accesorios de la izquierda; queremos ser sujetas políticas con demandas igual de válidas que aquellas emanadas de compañeros heterosexuales con pene.

Por último, les dejo un tremendo saludo a las compañeras del Liceo 1, porque se las mandaron al marchar e interpelar a los compañeros machistas del INBA. Necesitamos más acciones directas como éstas.

Columna de opinión escrita por Roberto Espinosa, estudiante de Pedagogía en Historia y Ciencias Sociales de la Universidad de Santiago de Chile.


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