Ya no marcho

Mafalda

Comencé a marchar en 2006, sin ser de liceo emblemático. Teniendo sólo 12 años me interioricé en estos asuntos que a mis padres jamás les gustaron.

Como buena estudiante de periferia, me enteraba de todo por la tele, me daba rabia y con los 15 megas de Internet que en ese tiempo nos daba VTR, comencé a saber las demandas de los estudiantes en Chile y a descubrir la realidad que no aparecía en la pantalla. Una realidad de la cual me sentía muy distante.

No recuerdo el día, pero sí que hacía frío y había niebla. Para llegar a Santiago Centro a las 10.00, debí escaparme desde el estacionamiento del colegio con mi mejor amigo a eso de las 08.00 am. Todo iba re bien, llegamos a Plaza Italia y yo tenía algo de miedo, nunca había caminado por esas calles y mucho menos en una marcha.

Poco a poco entonamos con toda la atmósfera rebelde… Recuerdo que un paco me dijo al final de la marcha “cabra culiá ándate de acá conchetumare, si no querís que te metan al Sename”. Yo no había hecho nada, pero creo que él pensaba que me daría miedo y no volvería a aparecer por lugares así. Sin embargo, más ganas me dieron de volver y desde entonces no paré.

Años después, me uní a las movilizaciones en contra de Hidro-Aysén, proyecto que afectaba directamente a parte importante de mi familia (proveniente de ese sector del país). Luego de ello, comenzaron las marchas por la educación en 2011, cuando Boric todavía era un anónimo y la Vallejo instrumentalizaba el movimiento para hacerse camino político junto con sus amiguis del PC.

Recuerdo que la diferencia entre ambos dirigentes, era que a pesar de que Boric aún era un NN, se quedaba en las marchas hasta el final, pasara lo que pasara. La Camilita por su parte, se resguardaba en la Fech, donde más tarde emitía sus comunicazos públicos donde decía que todo era terrible y que en Chile había un abuso de poder horroroso que tenía por objetivo central hacer pedazos a los estudiantes que salían a alzar su voz. Lo cual sí, era muy, muy cierto, pero ella pocas veces lo vivió a nuestro lado.

Más tarde comencé a sentir que nos habíamos transformado en perraje, en carne de cañón, los dirigentes eran la cara, pero no eran líderes, ellos no movilizaban las masas, lo que lo hacía era la convicción propia de cada uno, pero éramos usados.

El jueves, a una chica le dieron tres paros cardiacos producto de las lacrimógenas, la auxiliaron los estudiantes mientras los dirigentes agrupados en el Confech, además de claro, las organizaciones de estudiantes secundarios, estaban calentitos en las dependencias de la Fech, libres de todo lo dramático que ocurría fuera.

Marta Matamala mostraba durante la tarde unas fotos a la prensa, las cuales eran dignas de postal de 1973, con estudiantes tirados en el piso, de guata al suelo y con las manos en la cabeza. Las mostraba con un discurso digno de ser enmarcado en libros de historia, digno de trascender por el resto de todas las generaciones habidas y por haber en Chile. Pero sólo eso hacía, sólo las mostraba, no estaba ahí, ahogada con los estudiantes. No estaba ahí, dando la pelea codo a codo con todos los cabros que se levantaron tempranito para ir a hacer valer sus derechos –así como a mí me enorgullecía hacerlo antes−. No estaba ahí ni ella, ni nadie más.

Yo ya no marcho, porque soy de la idea de que no existe un líder positivo al interior de nuestro movimiento. Todos buscan cámaras, figurar y ser parte del congreso el día de mañana. Me duele que las luchas de ego hayan ganado las luchas del pueblo, porque lamentablemente lo que se muestra no es la marcha, no son los ideales… lo que se muestra es la cara del dirigente, del buen orador.

Ojalá mañana se mostraran las caras de los que se sacan la cresta en la batalla que se da sobre el asfalto capitalino. Me aburrí de ser instrumento político. De un tiempo a la fecha, las marchas son más bacanes porque los dirigentes lograron convocar a más personas. Las marchas ya no son exitosas porque hay más gente llena de sentido común exigiendo lo que debería ser justo.

Yo ya no marcho, porque un 4 de agosto me sacaron la cresta en el Forestal y al lado mío estuvo todo el rato un buen dirigente que me acompañó a la Posta Central hasta que me dieron el alta. Cosas así ya no las veo, ahora da lo mismo que a los cabros les saquen la cresta, hacen registros de lo que sucede, pero nadie los acompaña.

Da lo mismo todo, menos la pantalla. Me sé los discursos políticos de memoria, puedo adivinar todo lo que dirán al momento de que algún periodista les hace una pregunta… siempre aserto y mi madre se ríe cuando antes de que den la respuesta y −como si fuera la repetición número un millón de Titanic−, yo le digo “mira, ahora va a decir esto: ‘Nosotros como dirigentes estamos cansados de que blablablá’”. Dicho y hecho.

He memorizado las palabras de la revolución, pero me han hecho olvidar los actos que ejemplificaban la misma.

Soy una disidente, porque ya no creo en las marchas, ni el gobierno. Me han llamado facha porque no voy a la asamblea al igual que más del 50% de la universidad. Me han llamado facha, porque me aburrí de ir a marchar para terminar demacrada y ahogada o incluso golpeada. Yo creo en la revolución de los pueblos, en el levantamiento de la gente por y para la misma ¿Cuándo haremos eso? ¿Cuándo dejaremos de llenar discursos con palabras bonitas?

Si bien ya no marcho, me hierve la sangre de ganas de ir a un evento como tal, pero de los de verdad, donde la pasión se sentía en el ambiente. Me muero de ganas de que si me pegan o me tiran una lacrimógena directo en la cara, al final del día sienta que no importa, que valdrá la pena tarde o temprano, que será un recuerdo grato cuando mañana hayamos triunfado.

Me jodo en tu asamblea y tu marcha llena de tambores, me jodo en la instrumentalización y cosificación de las personas. Yo quiero rebeldía y éxito, porque en años de movilización, sigo con las manos vacías y 14 años de endeudamiento.

Saludos,

La insurrecta


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